¿Es el Comando Vermelho un grupo terrorista? Los entresijos de la presión de EE.UU. para clasificar al CV y al PCC como organizaciones terroristas
Quien sigue la política de seguridad pública sabe que el debate sobre etiquetar a las facciones como terroristas no es nuevo, pero ha cobrado una urgencia silenciosa en los pasillos de Brasilia en las últimas 48 horas. Fuentes que siguen las negociaciones bilaterales me confirmaron: la presión proveniente de Washington para incluir al Comando Vermelho y al PCC en la lista de organizaciones terroristas extranjeras nunca había sido tan concreta. Y el gobierno brasileño ahora tiene que bailar al ritmo que le imponen, tratando de no pisarle los pies al Tío Sam ni perder la pose de soberano.
El fantasma del "Escudo de las Américas" y la reacción de Itamaraty
La historia viene de lejos. Tiempo atrás, cuando el entonces presidente Trump coqueteó con la idea de extender la brava ley antiterrorista estadounidense a nuestras facciones, Itamaraty emitió comunicados cautelosos. Pero lo que era un humo disperso se convirtió en hoguera en los últimos meses, especialmente después de que el Departamento de Estado comenzara a analizar, en detalle, el modus operandi del CV en las fronteras y en la Amazonía. El argumento de los estadounidenses es simple: organizaciones que controlan territorios con violencia extrema, practican narcoterrorismo y desestabilizan regiones enteras no son meras bandas de crimen común. Apuntan a un concepto más amplio de terrorismo, que va mucho más allá de los secuestros de aviones como el trágico Vuelo 181 de Lufthansa, en 1977 — ese caso clásico que todos estudian en las academias de seguridad, pero que hoy parece casi romántico comparado con la sofisticación letal del crimen organizado.
El problema es que, para Brasil, aceptar el sello de "terrorista" para el Comando Vermelho es tragarse un sapo bien amargo. Tras bambalinas, escuché de una fuente de alto rango del gobierno que la preocupación no es solo semántica. Es práctica: si EE.UU. activa el aparato antiterrorista, pueden congelar activos, bloquear transacciones y, principalmente, emitir alertas rojas que traban cualquier negociación internacional que involucre a sospechosos. Y ahí la cosa se complica. ¿Te imaginas a la Policía Federal intentando hacer cooperación técnica con el FBI mientras, al mismo tiempo, los estadounidenses tratan al CV como un grupo equivalente a Al-Qaeda? Eso podría crear una fricción diplomática de mil demonios.
Cuando el crimen se convierte en "Command Performance"
Quien sigue las operaciones del CV en Río o en la Amazonía sabe que el nivel de planificación y audacia impresiona. Las invasiones a comunidades, los ataques a patrullas y la logística para transportar drogas hasta Europa no son acciones de aficionados. Al contrario, son auténticas Command Performances — operaciones militares de alto impacto, como se dice en la jerga castrense — donde cada movimiento está estudiado para causar el máximo impacto. No en vano, analistas de seguridad en EE.UU. comparan algunas tácticas del CV con las usadas por grupos considerados terroristas en Colombia y México. Señalan, por ejemplo, el uso de explosivos contra las fuerzas de seguridad y la intimidación sistemática de poblaciones enteras, características que desdibujan la línea entre crimen organizado y terrorismo.
La semana pasada, un informe de inteligencia compartido entre las policías brasileñas y agencias de inteligencia estadounidenses dejó claro que el CV ya no se conforma con dominar puntos de venta de droga. La facción tiene brazos internacionales, negocia directamente con productores en Bolivia y Perú, y mantiene células incluso en países europeos. Este alcance global es lo que más asusta a los estadounidenses. Para ellos, la amenaza ha dejado de ser local y se ha transformado en un vector de desestabilización continental.
Los efectos prácticos de una firma en Washington
Si el Departamento de Estado oficializa la clasificación, ¿qué cambia en el terreno de las favelas y en los tribunales brasileños? La verdad es que, a corto plazo, muy poco. El CV seguirá mandando en las comunidades donde ya manda, y el PCC seguirá dictando las reglas en el sistema penitenciario. Pero, a mediano plazo, los efectos pueden ser profundos:
- Congelamiento de activos internacionales: Cualquier cuenta bancaria o inversión vinculada a líderes de las facciones en suelo estadounidense podría ser confiscada.
- Extradición facilitada: El mecanismo antiterrorista permite que EE.UU. solicite la entrega de sospechosos con menos burocracia, incluso presionando a países vecinos.
- Presión sobre bancos brasileños: Instituciones financieras que muevan dinero sospechoso podrían sufrir sanciones severas de EE.UU., forzando una caza de las donaciones y el financiamiento de las facciones.
- Estigma diplomático: Brasil podría ser visto como un país que no controla su territorio, abriendo margen para intervenciones disfrazadas de "cooperación".
Por otro lado, hay quien ve una oportunidad. Mandos policiales con los que hablé en los pasillos del Congreso creen que la etiqueta podría liberar recursos y tecnología estadounidenses que hoy están fuera de nuestro alcance. "Si ellos quieren ayudarnos a combatir terroristas, que paguen la cuenta", resumió uno de ellos, en un desahogo que mezcla ironía y pragmatismo.
El arte del desvío brasileño
El Planalto trata de mantener el equilibrio: no puede ser acusado de permisivo con el crimen, pero tampoco quiere dar munición para discursos de intervención. En los últimos días, circularon borradores de comunicados oficiales que buscan una tercera vía — la de reconocer la gravedad de las facciones, pero rechazar la clasificación terrorista por entender que la Constitución brasileña tiene herramientas propias para lidiar con el problema. Es una danza complicada, más aún con la opinión pública cada vez más sensible al tema.
Y tú, ¿qué opinas? ¿Llamar terrorista al Comando Vermelho resuelve algo o solo complica aún más la relación con los vecinos del Norte? Una cosa es segura: el debate está lejos de terminar, y la próxima vez que escuches hablar del CV, quizás venga con un nuevo adjetivo — impuesto desde fuera, pero que resonará por mucho tiempo en las decisiones de seguridad de Sudamérica.