Morten Messerschmidt planta cara a la derecha: "Derribaré al gobierno si no hay una expulsión neta de musulmanes"
Hay algo refrescantemente antiguo en todo esto. En mitad de una campaña electoral donde todos los demás hablan con rodeos y dejan las puertas entreabiertas, Morten Messerschmidt la cierra de golpe. Con un portazo que se oye hasta en el despacho de Troels Lund Poulsen.
Mientras los candidatos a primer ministro de Venstre y la Alianza Liberal libran una feroz batalla por parecer los más estadistas, el líder de DF ha hecho algo que pocos se atreven hoy en día: plantear un ultimátum. No de esos de "iremos a la negociación con prioridades claras". Uno de verdad. Uno en el que promete dinamitar todo el tinglado si no sale con la suya.
Una exigencia que divide aguas
La exigencia es tan contundente como el propio personaje: Deben ser más los inmigrantes musulmanes que abandonen Dinamarca que los que entren. Es decir, una expulsión neta. Y no es un mero deseo, es una condición sine qua non para siquiera apoyar a un primer ministro de derechas.
Esto hizo que incluso el normalmente impasible Alex Vanopslagh, de la Alianza Liberal, frunciera el ceño. Porque aunque LA quiere endurecer la política de inmigración, hay límites. "No deseo que la gente tenga que irse de Dinamarca solo por ser musulmán", respondió con sequedad Vanopslagh, recordando que aquí hay libertad religiosa y que muchos musulmanes trabajan en el sector geriátrico, donde son imprescindibles.
Pero Messerschmidt se muestra gélido en sus respuestas. Para él, el asunto es más profundo. "Las personas con una mentalidad islámica radical que creen que los homosexuales deben ser lapidados no tienen cabida aquí, por mucho que trabajen", declaró el fin de semana, subrayando que el empleo no es un salvoconducto.
El dolor de cabeza de Troels Lund
Para Troels Lund Poulsen, de Venstre, el momento no podría ser peor. Él intenta unir al bloque conservador en un proyecto que parezca cohesionado y con opciones de gobernar, y entonces llega DF y le juega una mala pasada con una exigencia que siembra la discordia. Cuando la prensa intentó recabar la opinión del líder de Venstre, este ni siquiera quiso comparecer. En su lugar, envió a Morten Dahlin, quien, por supuesto, no iba a pedir ultimátums.
El problema para Troels Lund es doble. Primero, una exigencia así ahuyenta al votante moderado. Segundo, corre el riesgo de terminar con una aritmética electoral que le haga completamente dependiente de DF y, por tanto, de los caprichos de Messerschmidt. Es precisamente la pesadilla que los años del gobierno VLAK (Venstre, Liberal Alliance, Conservadores) deberían haber enseñado a Venstre a temer.
¿Por qué lo hace?
Quien pregunte a los viejos asesores de Christiansborg, dirá que hay un método en su locura. Morten Messerschmidt está jugando fuerte para maximizar votos. Hace no mucho, el Partido Popular Danés luchaba por su supervivencia. Esa batalla está ganada, pero para volver a ser un actor relevante, el partido necesita marcar perfil.
- Quiere proyectarse: En unas elecciones donde la economía y el bienestar copan el debate, la política migratoria debe presentarse con una óptica de mano dura para abrirse paso.
- Aprende de la historia: Entre 2015 y 2019, DF fue el partido conservador más grande, pero no entró en el gobierno. No quiere repetir ese error.
- Busca influencia: O consigue lo que quiere y marca la agenda desde dentro, o se erige como el defensor de los principios que no transige. Para él, es un win-win.
Y luego está el tema de Groenlandia. Hace apenas un año, Messerschmidt intentaba abrirse paso en Mar-a-Lago para hablar con Donald Trump precisamente sobre el Ártico. Entonces, había que tener una "conversación de adultos" con los estadounidenses. Hoy, con las amenazas más directas, el tono es muy distinto. Ha aprendido que no se negocia con quien amenaza con la fuerza militar. Esto demuestra a un político que sabe rectificar cuando la realidad cambia.
El juicio contra Lidegaard, un telón de fondo
Mientras la campaña electoral arrecia, le espera una batalla judicial en verano. Morten Messerschmidt ha demandado al radical Martin Lidegaard por injurias. Lidegaard dijo en un debate que la política de repatriación de Messerschmidt discrimina por el color de la piel. El líder de DF lo considera una difamación.
El juicio se celebrará el 18 de agosto y evidencia que hay rencillas personales en juego. Messerschmidt ha declarado antes que "no descarta nada en política, excepto hacer a Lars Løkke Rasmussen ministro". Lidegaard debe de estar en esa misma lista. Cuando las cosas se vuelven personales, rara vez mejoran.
¿Y ahora qué?
Por ahora, la situación es un nudo gordiano. Morten Messerschmidt se ha montado en su caballo y está listo para apretar el gatillo. "Si el gobierno no cumple con nuestra exigencia, lo derribaremos. Sin titubeos", sentenció el fin de semana.
La cuestión es si Troels Lund Poulsen y Alex Vanopslagh encontrarán una salida airosa que mantenga unido al bloque conservador. O si, por el contrario, asistiremos a una repetición de 2015, donde los ultimátum terminaron costando caro a todos. Por lo pronto, Morten Messerschmidt ya ha conseguido una cosa: que todo el mundo hable del Partido Popular Danés. Que era, sin duda, parte de la idea.