¿El fin del spliting matrimonial? Los planes de reforma de Klingbeil y lo que realmente se esconde detrás
Es el modelo fiscal que lleva décadas como un bastión inamovible, pero ahora tambalea con fuerza. Lars Klingbeil, el hombre fuerte del SPD, tiene una idea que hará que muchos matrimonios en el país se pregunten qué está pasando: quiere abolir el spliting matrimonial. O, al menos, reformarlo de tal manera que ya no encaje con los tiempos que corren. Recuerdo debates de hace años, cuando este tema era casi tabú. Entonces se decía: "Es intocable". Hoy, cuando el Estado tiene que mirar cada euro que gasta, la cosa de repente se ve de otra manera.
Por qué Klingbeil tiene al spliting matrimonial en el punto de mira
La razón que da Klingbeil es sencilla, pero va al grano. Este modelo, por el que los matrimonios tributan de forma conjunta y la carga fiscal se reparte como en una coctelera, proviene de una época en la que la mujer solía quedarse en casa y el hombre era el único sustentador. Hoy en día, siendo sinceros, es un anacronismo. Quien se para a pensarlo, enseguida se da cuenta: el spliting matrimonial no fomenta la familia, sino un rol concreto. Es enormemente beneficioso para parejas con grandes diferencias de ingresos, que en la gran mayoría de los casos siguen siendo las configuraciones clásicas en las que la mujer gana menos o ni siquiera trabaja.
En el SPD hace tiempo que creen que este modelo es un auténtico lastre para la igualdad. Y los números les dan la razón. Hace tiempo eché un vistazo a uno de los grandes estudios que presentó un prestigioso instituto de investigación económica. Sus conclusiones son claras: si se aboliera el spliting matrimonial, la tasa de empleo de las mujeres aumentaría de media hasta un ocho por ciento. No son cifras fantasiosas, son efectos tangibles. De repente, para muchas parejas ya no saldría a cuenta que uno de los dos se quede en casa solo para aprovechar la ventaja fiscal.
Qué significaría para la tasa de natalidad: todo lo contrario de lo que se piensa
Y aquí viene lo realmente sorprendente. Los defensores del spliting siempre dicen: "Es la columna vertebral de la familia, garantiza los hijos". Pero la realidad es bien distinta. Un estudio que leí en su día en una revista especializada demostró justo lo contrario. Si el Estado deja de recompensar la distribución desigual de ingresos e invierte, en cambio, en servicios de cuidado infantil y en una auténtica libertad de elección, la tasa de natalidad aumenta. Suena paradójico, pero tiene lógica: las parejas se animan más a tener hijos si saben que ambos pueden trabajar sin ser penalizados fiscalmente.
Por tanto, el actual debate sobre la reforma del spliting matrimonial ya no es puramente económico. Subyace la pregunta: ¿Quiere el Estado fomentar el modelo clásico de matrimonio con un único sustentador, o prefiere apoyar modelos de vida modernos? Creo que muchas parejas jóvenes ya ni siquiera tienen esa idea clásica en mente. Se preguntan: ¿Por qué debería ser penalizada fiscalmente solo porque ambos trabajamos a tiempo completo y llevamos a los niños a la guardería?
- Dato 1: El spliting matrimonial le cuesta al Estado miles de millones en ingresos fiscales cada año.
- Dato 2: Solo beneficia a las parejas con grandes diferencias de ingresos, que a menudo son las que menos lo necesitan.
- Dato 3: Países como Suecia o Francia tienen modelos muy diferentes que estimulan tanto la natalidad como el empleo femenino.
¿La gran coalición de la Unión y el SPD? Un obstáculo llamado FDP
Pero esto no va a ocurrir tan rápido. Lo saben incluso los propios camaradas. Porque mientras Klingbeil encuentra cada vez más respaldo en el SPD, en la Unión la cosa es muy diferente. Para la CSU, el spliting matrimonial es casi una vaca sagrada. Pero incluso si en el próximo gobierno se llegara a un acuerdo, ahí acecha el FDP. Los liberales ya han convertido este modelo en una cuestión de Estado. Para ellos, el fomento fiscal del matrimonio es una pieza clave de su política económica. Me atrevo a dudar que una ley así pudiera pasar el Consejo Federal sin que se desate una enorme disputa.
Pero también hay que dejar claro una cosa: una mera abolición sin una financiación alternativa sería fatal. Si se elimina el spliting, tienen que llegar otras desgravaciones. De lo contrario, la clase media sería la gran perdedora. Y de eso precisamente tratan las negociaciones que ahora se están llevando a cabo entre bastidores. No se trata de abolir por abolir, sino de una reforma que finalmente sea más justa. Quizás un spliting familiar que tenga más en cuenta a los hijos. O un modelo que reconozca el trabajo de cuidados real, independientemente del estado civil.
Se lo digo: el debate sobre el spliting matrimonial nos va a tener ocupados intensamente los próximos meses. Porque es como una lupa de lo que se está discutiendo en este país: ¿cómo queremos vivir, cómo queremos trabajar, y cuánto vale realmente todo esto para el Estado? Permanezcan atentos, porque se avecina un otoño caliente.