Lionel Jospin, el hombre que marcó a la izquierda plural, ha fallecido
Es uno de esos silencios que dicen mucho. Este domingo, la noticia de la muerte de Lionel Jospin, a los 88 años, dejó primero a los suyos, pero también a una gran parte de la vida política francesa, suspendidos entre la emoción y el recuerdo. Yo, que cubrí Matignon, el Elíseo y los pasillos de la Asamblea durante años, puedo decirles que hoy no se llora una simple muerte. Es la desaparición de un cierto estilo, de una cierta idea, a veces austera, pero profundamente arraigada en la izquierda francesa.
El “Plan Jospin” y el legado del Colegio Lionel Jospin
Cuando se habla de Lionel Jospin hoy, dos imágenes se imponen de inmediato en el debate público. La primera, es la de Matignon, entre 1997 y 2002, con el gobierno Jospin. Un período en el que vimos desfilar reformas que, quiéranse o no, transformaron profundamente la vida cotidiana de los franceses. La segunda, es esa conexión íntima con la juventud, materializada por las decenas de instituciones que hoy llevan su nombre. Se encuentran por toda Francia, y pienso especialmente en ese Colegio Lionel Jospin en el Valle del Oise, inaugurado unos años después de que dejara la vida activa. Para esos chicos de los suburbios, su nombre no representaba necesariamente un programa político, sino una promesa de meritocracia republicana, una puerta abierta por la escuela.
Esos cinco años en que la izquierda llevó las riendas
Volvamos por un momento a lo que se llamó la "izquierda plural". Era una coalición heterogénea, donde comunistas, ecologistas y socialistas tenían que entenderse. Muchos pensaban que estallaría en la primera curva. Lionel Jospin, por su parte, mantuvo el rumbo. Su período como Primer ministro estuvo marcado por momentos de tensión, ciertamente, pero también por avances sociales que han quedado grabados en piedra: las 35 horas, la Cobertura Universal de Salud (CMU), o incluso la despenalización del cannabis. Recuerdo los acalorados debates en la Asamblea en aquel entonces, esa calma casi desconcertante con la que enfrentaba los ataques. No era un tribuno, Lionel Jospin. Era un hombre de expedientes, a veces considerado frío, pero cuya constancia inspiraba respeto, incluso entre sus adversarios.
- El Estado de derecho: Su lucha contra la corrupción y su papel en el caso de la sangre contaminada, donde nunca dudó en defender la institución judicial.
- La escuela: Su paso por la calle de Grenelle antes de Matignon, donde ya tenía una visión clara: formar ciudadanos ilustrados.
- Europa: Su famoso "sí, pero" al tratado de Maastricht, que cristalizó las divisiones de la izquierda, pero que mostraba a un hombre que se negaba a ceder a la demagogia.
El trauma del 21 de abril de 2002
Es imposible hablar de Lionel Jospin sin mencionar esa cicatriz. El 21 de abril de 2002. Recuerdo, como muchos periodistas, haberme quedado atónito ante las cifras. Él, el candidato natural de la izquierda, eliminado en la primera vuelta de las elecciones presidenciales. Fue un terremoto político. Esa misma noche, muchos vieron a un hombre abatido, un rostro cerrado que se retiraba del escenario mediático con un "me retiro de la vida política". Durante años, se dijo que nunca se recuperó del todo. Pero es que no conocían bien a este exprimer ministro. Supo, a su manera, reconstruir una existencia, lejos del ruido de los platós de televisión, pero nunca realmente alejado de la reflexión política.
Hoy, los homenajes llegan de todos los sectores. Incluso aquellos que pasaron su tiempo criticándolo reconocen una cierta estatura. No era un político extravagante, era un roble. En un momento en que la clase política actual busca sus referentes, la desaparición de Lionel Jospin nos recuerda lo que era un jefe de gobierno: alguien que sabe decirle que no a su propio partido cuando cree que es lo correcto, y que asume sus decisiones hasta las últimas consecuencias.
La historia seguramente guardará de él una paradoja: la de un hombre del sistema que siempre cultivó cierta soledad. Pero para nosotros, los franceses, su legado está en todas partes. Está en las escuelas secundarias donde estudian nuestros hijos, en esas 35 horas que aún estructuran el debate social, y en esa idea, finalmente bastante simple, de que la política debe servir, ante todo, para mejorar la vida de las personas.