Cierre del gobierno en EE.UU.: caos en los aeropuertos y trabajadores sin salario. ¿Qué está pasando?
Estamos acostumbrados a ver a Estados Unidos como la máquina perfecta, la que nunca se detiene. Sin embargo, desde hace unos días, el país se ha encontrado con el freno de mano echado. El famoso shutdown es de nuevo una realidad, y esta vez los perjudicados no son solo los políticos en Washington, sino millones de ciudadanos de a pie, e indirectamente, también quienes, como nosotros, miramos desde este lado del Atlántico.
Para entender el estancamiento, hay que empezar por lo básico. La paralización administrativa en Estados Unidos no es algo nuevo, pero cada vez deja un regusto amargo de parálisis. En resumen, cuando el Congreso y la Casa Blanca no logran un acuerdo para financiar las agencias federales, estas se ven obligadas a cerrar sus puertas. O casi. Los servicios esenciales, como la seguridad nacional o las fuerzas del orden, siguen funcionando, pero sin que los empleados reciban ni un céntimo de su salario. Imagínense la angustia de ir a trabajar cada día sin saber cuándo llegará la próxima nómina.
Aquí está el meollo del asunto. En las últimas horas, el caos se ha desatado en los aeropuertos de todo el país. Las imágenes que llegan de Houston, Atlanta o Newark son de película distópica: colas kilométricas, maletas abandonadas, viajeros agotados sentados en el suelo. El motivo es sencillo: muchos de los agentes de la TSA, los que nos revisan en los controles de seguridad, se encuentran entre esos empleados federales obligados a trabajar sin cobrar. La tensión está por las nubes, y no es de extrañar que algunos hayan empezado a faltar al trabajo, llamando para darse de baja por enfermedad para no tener que presentarse a un turno que no saben si les pagarán algún día. Lo oigo por todas partes: el sistema de transporte aéreo estadounidense está tocando fondo.
La situación es tan tensa que es inevitable recordar un episodio histórico, aquel famoso cierre del gobierno federal de Estados Unidos de 1995. En aquel entonces fue una batalla épica entre el presidente Bill Clinton y el presidente de la Cámara de Representantes, Newt Gingrich. Duró 21 días y fue un auténtico baño de sangre político. Hoy, la historia parece repetirse con un guion actualizado, pero las consecuencias sociales son quizás incluso más graves, porque el país ya llega tocado tras años de divisiones.
He aquí lo que significa concretamente esta parálisis (porque de eso se trata: una paralización de las funciones públicas) para quienes viven o viajan en EE.UU.:
- Aeropuertos en caos: tiempos de espera que pueden superar las 3 o 4 horas para quienes vuelan. Controles de seguridad reducidos al mínimo y personal con los nervios a flor de piel.
- Parques nacionales abandonados: basura acumulándose, baños cerrados y acceso limitado. Una vergüenza para un país que vive del turismo.
- Asistencia a los ciudadanos reducida a cero: ventanillas de agencias como el IRS (la agencia tributaria) o el FBI para trámites burocráticos, simplemente inexistentes.
Y mientras los políticos juegan a ver quién la tiene más larga, quienes pagan la costosa factura son los de siempre: los trabajadores, los viajeros, los más vulnerables. Si hay una lección que nos dejó 1995, es que este cierre gubernamental nunca soluciona nada, más bien al contrario. Tras aquel largo pulso, el Partido Republicano salió con los huesos rotos en las elecciones siguientes. Quién sabe si esta vez alguien recordará la historia antes de que sea demasiado tarde. Mientras tanto, quien tenga un billete de avión para Estados Unidos haría bien en echar mucha paciencia en la maleta. La va a necesitar.