¿La gasolina hacia los 2,5 euros? El Gobierno estudia contramedidas mientras crece la ira
Paro en el bar de siempre, frente a la estación, y escucho a dos hombres comentar los precios en la gasolinera: "¿Has visto? Dos euros y seis el litro de diésel. Es una locura". Ya no es la típica charla de café; se ha convertido en un parte de guerra diario. Y el culpable, ya se sabe, es siempre el mismo: el Gobierno. Con los impuestos especiales ahí clavados y las promesas que se desvanecen como nuestro dinero en el depósito, la sensación es que la máquina de Italia va a trompicones mientras llenar el tanque te quema la cartera.
El baile de los impuestos y los precios desbocados
En el palacio de gobierno dicen que están estudiando nuevas medidas. Pero los italianos ya hemos visto esto demasiadas veces: ellos anuncian, y mientras tanto los precios se disparan. Y no hablamos solo de la gasolina. Miren el gasóleo: en autopista, el autoservicio ha superado la barrera de los dos euros, ¡y hablamos del autoservicio, eh, no del atendido! Es un sablazo que afecta a todos, desde camioneros hasta viajeros. La excusa oficial es siempre la misma: el coste de la materia prima y las tensiones internacionales. Pero las promesas de recortar los impuestos especiales siguen en el limbo de reuniones sin humo y declaraciones de cara a la galería. Mientras tanto, esto es lo que pasa realmente en las gasolineras:
- En ciudad: la gasolina ronda ya de forma estable por encima de los 2,10 euros el litro. El diésel, increíble pero cierto, ha superado a la sin plomo en algunos sitios.
- En autopista: ahí es la jungla. El diésel en autoservicio ha llegado a picos de 2,2 euros, y en el atendido mejor ni hablar.
- En carreteras nacionales y afueras: solo se salvan unas pocas gasolineras independientes, pero hay que tener paciencia para buscarlas y suerte para dar con el dueño que aún no ha subido los precios.
El miedo a los 'chalecos amarillos' (y no solo)
Y mientras el precio de los combustibles se convierte en un varapalo diario, muchos miran a Francia con cierto temor. El fantasma del movimiento de los chalecos amarillos nunca ha estado tan vivo. Nacieron allí, por una subida del diésel, y paralizaron un país. El caso es que cuando llenar el depósito te cuesta como una cena fuera, la ira aumenta. Y no hace falta tener una preciosa villa con terraza, barbacoa y jardín para sentirse acorralado: hasta quien vive en las afueras y tiene que ir a la ciudad cada día a trabajar está al límite. Ni qué decir tiene quien quizá ha reservado un chalet en la calle Ondategui a pocos metros de la playa para las vacaciones, esperando ahorrar en el viaje, y luego se encuentra con estos precios disparatados para los desplazamientos. El sueño de las vacaciones se estrella contra el primer depósito lleno.
No estamos en Kazajistán, donde en 2022 las protestas en Kazajistán de 2022 empezaron precisamente por una subida del combustible para luego transformarse en algo mucho más grande. Pero la lección está clara: tocar el bolsillo de la gente, sobre todo en movilidad, es como caminar por un campo de minas. El Gobierno lo sabe y, entre declaración y declaración, intenta evitar la chispa que podría hacer estallar la olla. Por ahora, la única certeza es el contador de la gasolinera que gira cada vez más rápido, mientras nosotros miramos y maldecimos en voz baja.