Juicio a Sabri Essid: el escalofriante testimonio de su esposa sobre el genocidio yazidí, en la tercera jornada

Estamos lejos, muy lejos de las imágenes de propaganda de Dáesh. Aquí, en el banquillo de los acusados, Sabri Essid –o Belgacem Sabri para el registro civil– ya no es más que un hombre que mira fijamente sus zapatos. A su alrededor, las palabras de las supervivientes golpean, chocan, desgarran el silencio acolchado de la sala. Es el tercer día de este juicio histórico, el primero en Francia que juzga a uno de sus ciudadanos por complicidad en el genocidio contra la comunidad yazidí. Y este miércoles, una voz inesperada se ha levantado: la de su propia esposa.
«Me di cuenta de que era la esposa de un monstruo»
Durante años, fue esa persona a la que se ve sin mirar. La joven discreta, dócil, que cayó en el engranaje de la Célula de Artigat, esa nebulosa de Toulouse que envió a decenas de franceses a unirse a las filas de la organización Estado Islámico. Presentada por sus abogados como «una hija obediente, guapa, que conoce el Corán», siguió a su marido a Siria. Allí, en Raqqa, la vida cotidiana pronto se convirtió en un horror. «Me di cuenta de que era la esposa de un monstruo al tercer día», soltó con voz inexpresiva. No fue un destello de lucidez, sino el lento e implacable descubrimiento de la máquina de triturar de Dáesh.
Ella lo contó. Las esclavas yazidíes hacinadas en sótanos, las niñas vendidas como ganado en el mercado, las violaciones colectivas que marcaban el ritmo de las veladas de los emires. Sabri Essid no era un simple soldado. Gestionaba «stocks humanos», participaba en el tráfico, seleccionaba a las mujeres para sus camaradas. Su esposa, confinada en el apartamento conyugal, intentó hacer la vista gorda. Hasta el día que se cruzó con la mirada de una niña yazidí en la escalera. «Tendría diez años, quizás menos. Estaba desnuda, con moretones por todo el cuerpo. Fue entonces cuando comprendí que mi marido estaba en el centro de este sistema».
Testimonios de una «extrema gravedad»
La corte escuchó después a otras tres mujeres. Sus palabras, de una extrema gravedad, helaron a los presentes. No eran las esposas de los verdugos, sino las víctimas directas. Una de ellas, una yazidí superviviente, describió la organización del califato:
- Familias separadas, hombres ejecutados delante de los suyos;
- Mujeres y niños «ofrecidos» a los combatientes como botín de guerra;
- Traslados diarios entre las provincias sirias e iraquíes, gestionados por logistas como Sabri Essid;
- Las apostasías forzadas y las violaciones sistemáticas, inscritas en una lógica de erradicación.
Lo que estos relatos sacan a la luz es el engranaje francés en esa máquina. Porque Sabri Essid no es un caso aislado. Es un producto de la Célula de Artigat, que toma su nombre de esa pequeña localidad del Lauragais donde, a principios de los 2000, una red radicalizó a toda una generación bajo las mismas narices de los servicios de inteligencia. Allí fue donde Essid se cruzó con numerosos otros yihadistas franceses. Una célula tentacular que proporcionó a la organización Estado Islámico sus cuadros más zealots.
Lo que está en juego en este juicio va más allá del simple caso individual. Se trata de reconocer jurídicamente la participación francesa –a través de sus ciudadanos– en el genocidio del pueblo yazidí. Una comunidad que, en 2014, sufrió un intento de exterminio metódico: más de 5.000 hombres asesinados, miles de mujeres y niños reducidos a la esclavitud sexual. Hoy, mientras los cuerpos se reconstruyen lentamente en el Kurdistán iraquí, la justicia intenta poner palabras a lo indecible. «Esto no es venganza», concluyó el abogado de una de las partes civiles, «es un deber de memoria y humanidad».
No se espera un veredicto antes de varias semanas. Pero una cosa ya es segura: estos tres días de audiencia han arrancado definitivamente la máscara al hombre que, a los ojos de su propia esposa, ya no es más que un monstruo.