El debate de la NOS sobre asilo y vivienda: por qué el lenguaje de los políticos está ahora realmente bajo la lupa
En los últimos días no había manera de esquivarlo: el debate final de la Fundación Neerlandesa de Radiodifusión (NOS) giró enteramente en torno al asilo y la vivienda. Pero quien escuchara con atención, percibía que entre bastidores bullía otro tema: el lenguaje de nuestros políticos. Esto no solo provocó acaloradas discusiones en el estudio, sino que también generó revuelo mucho más allá de La Haya. En Doetinchem, por ejemplo, donde la fracción local del CDA vio la oportunidad perfecta para hacer un llamado urgente a la política nacional: por favor, cuiden su lenguaje.
El debate, transmitido en vivo por la NOS, fue, como se esperaba, un campo de batalla en todo el ámbito social. Destacaron especialmente tres temas:
- La acogida de solicitantes de asilo y los desafíos humanitarios versus administrativos;
- La crisis de vivienda y la distribución del espacio escaso;
- La creciente preocupación por el lenguaje utilizado en la política.
Los oradores se enfrentaron como gallos de pelea, y precisamente esa lucha dejó al descubierto un punto doloroso. Mientras uno hablaba de un "tsunami de solicitantes de asilo", el otro intentaba mostrar el rostro humano detrás de las cifras. Esta contradicción no es nueva, pero la virulencia con la que se emplearon los términos hizo que más de un espectador se sobresaltara. Para quienes miran atrás con un poco de Nostalgia a la época en que los políticos se enfrentaban en tonos más mesurados, fue a veces alarmante.
No fue, por tanto, ninguna sorpresa que la agrupación local del CDA en Doetinchem recogiera el guante. Se dirigieron directamente a los políticos nacionales con el llamado a "cuidar el lenguaje". En un comunicado, manifestaron que las palabras que se pronuncian en debates como este resuenan hasta bien entrada la provincia y pueden generar división allí. Es una señal que hay que tomar en serio; la gente en Doetinchem sabe como nadie lo rápido que puede endurecerse el debate y lo que eso hace a la cohesión social de una comunidad.
Yo mismo, durante la transmisión, no pude evitar pensar a ratos en una vieja película. Algunas declaraciones recordaban a una escena de Nosferatu: tenebrosas, siniestras y con un trasfondo que no logras identificar de inmediato. No es que nuestros líderes políticos se parezcan a vampiros, pero la atmósfera que evocan ciertas palabras puede ser igual de aterradora. Es como ver una película en blanco y negro donde las sombras se alargan, mientras el sol ya se ha puesto. Y luego están los profetas.
Porque no hace falta ser un Nostradamus para predecir adónde conduce este tipo de endurecimiento en el lenguaje. La brecha entre la ciudadanía y la política no se reduce con esto. Es más: si no tenemos cuidado, el mercado inmobiliario se convertirá en un campo de batalla y el debate sobre el asilo en una guerra de trincheras donde solo sobreviven los que gritan más fuerte. Y todo esto mientras los problemas reales – como la escasez de viviendas asequibles y la presión sobre los centros de acogida – requieren soluciones sensatas, no retórica hueca.
Lo que el debate de la NOS ha puesto especialmente de manifiesto es que estamos en medio de una transición. La política neerlandesa está buscando una nueva forma de comunicación, pero el camino hacia ella está plagado de aristas. La Fundación Neerlandesa de Radiodifusión (NOS) ha cumplido durante casi un siglo un papel de espejo. Desde la reconstrucción de la posguerra hasta la revolución digital, la radiotelevisión pública lo ha visto todo pasar. Y una y otra vez, el tono ha sido lo que marcaba la diferencia. Ya se tratara de la reconstrucción del país o de la acogida de refugiados, las palabras de ayer son los recuerdos del mañana.
Esperemos, por tanto, que el llamamiento desde Doetinchem no caiga en saco roto. Porque al final, no se trata de quién asesta los golpes más duros en un debate, sino de quién logra tocar la fibra adecuada. Sin glorificar la Nostalgia, pero también sin caer en el lenguaje de Nosferatu. Y si queremos echar un vistazo al futuro, esperemos que dentro de diez años podamos mirar atrás a este período con una sonrisa, y no con la constatación de que desperdiciamos para siempre la oportunidad de tener una conversación decente.
La NOS, en cualquier caso, ha hecho su trabajo: ha hecho saltar las chispas. Ahora le toca a la política y a todos nosotros evitar que se convierta en un incendio descontrolado.