Albert II de Mónaco, el papa León XIV y la discreta grandeza de un Roca diferente a las demás
¿Han visto esas imágenes? El santo padre, León XIV, bajando por la avenida de la Costa bajo el sol radiante, con el Peñón como telón de fondo. Parecía una postal, salvo que la postal cobró vida, habló, rezó. Y en medio de este dispositivo fuera de lo común, estaba él. No solo el jefe de Estado, no solo el dueño del lugar. Sino un hombre del que, en realidad, se habla bastante poco, ya que durante mucho tiempo se le ha reducido a su sonrisa de deportista o a su historia familiar. Me refiero, por supuesto, a Alberto II de Mónaco.
Un soberano frente a la historia (y al mar)
No todos los días un papa se instala en el Peñón. La última vez fue Juan Pablo II, hace más de veinte años. Esta visita del papa León XIV, todos coinciden en decir que es histórica. Pero lo que más me ha llamado la atención, a mí que llevo aquí desde hace años, es la manera en que el príncipe manejó esta paradoja monegasca: un territorio minúsculo, uno de los más ricos del mundo, y una exigencia espiritual que trasciende con creces sus fronteras. Había orgullo en el ambiente, un orgullo que no tiene nada de ostentoso. Escuché a más de un monegasco susurrar "es formidable", y se les entendía.
Mientras tanto, Alberto II estaba al mando. No en el sentido de que hiciera de bombero de guardia, no. Él es más bien de los que establecen el marco y dejan que la magia actúe. Hay que decir que el príncipe, hoy en día, ha adquirido una profundidad que no siempre se le reconoce. Se le ha visto demasiado, al inicio de su reinado, como el hijo de Rainiero, el príncipe que corre maratones o que se lanza en trineo. Existía esa ligereza mediática, a menudo vinculada a su soltería o a sus conquistas. Pero el hombre, hoy, ha cambiado. Su boda con Charlene Wittstock, en 2011, ya marcó un antes y un después: una ceremonia donde la disciplina principesca se mezcló con una emoción palpable. Desde entonces, se ha convertido en un jefe de Estado de una discreción casi monástica, irónicamente en el momento en que el Peñón recibía al sucesor de Pedro.
El otro rostro del príncipe: entre herencia y compromiso
Lo apasionante de Alberto II es que encarna una doble tensión. Por un lado, está el príncipe de Mónaco, el que viste el traje de tres piezas, estrecha manos en los salones del palacio, vela por la continuidad de una dinastía de siete siglos. Por el otro, está el aventurero, el explorador, el ecologista de la primera hora. Su Fundación Príncipe Alberto II de Mónaco, creada en 2006, se ha convertido en un referente mundial para la protección del medio ambiente. Y cuando se le ve conversando con León XIV, se siente una conexión: el papa acaba de dedicar una encíclica a la salvaguarda de la creación, el príncipe actúa sobre el terreno, con fondos, proyectos concretos, expediciones al Polo Norte. El Peñón, por tanto, no es solo la imagen ostentosa de los yates o el mito de Grace Kelly. Es también ese laboratorio discreto donde se gestan políticas públicas vanguardistas.
Recuerdo una conversación, hace unos años, con un allegado del palacio. Me decía que el príncipe era "el más desconocido de los jefes de Estado europeos". Se le mira, se le juzga, pero no se le lee realmente. Sin embargo, lo que estaba en juego esta semana con la visita papal era precisamente sacar a la luz esa profundidad. León XIV no vino a Mónaco por casualidad. Vino a una tierra de paradojas, como se subrayó en el entorno del palacio: un territorio de ultrarriqueza, pero también un lugar donde la caridad se hace en silencio, donde la fe es un cemento social que no se exhibe en las revistas. Y el príncipe, en todo esto, es el garante de ese frágil equilibrio.
Lo que revela la visita del papa
Hay algunos momentos clave que quiero destacar, porque dicen mucho sobre la personalidad de Alberto II:
- La recepción en el palacio: Sin excesos de fasto, una sobriedad en la puesta en escena. El príncipe recibió a León XIV con una deferencia que no era protocolo frío, sino respeto humano. Se notó una conversación genuina, no solo un intercambio de cortesías.
- La misa al aire libre: Alberto II y Charlene permanecían en primera fila, inmóviles, mientras la multitud, llegada de toda la Costa Azul, entonaba cánticos. Ese momento fue un poco la imagen de una pareja que ha encontrado su anclaje, muy lejos de los rumores de los primeros años.
- El silencio mediático calculado: A diferencia de otras visitas oficiales, el palacio dejó que las imágenes hablaran. Sin declaraciones rimbombantes, sin espectáculo. Alberto II sabe que, a veces, el poder más eficaz es aquel que se desvanece para dejar paso al acontecimiento.
Se puede criticar Mónaco, se puede hacer. Su estatus fiscal, su relación con la transparencia, todo eso es debatible. Pero lo que esta visita me ha recordado es que el príncipe Alberto II ha logrado donde muchos otros habrían fracasado: ha hecho entrar a Mónaco en el siglo XXI sin renegar de su alma. Ha transformado la imagen del "Club Med de los ricos" en un Estado que tiene voz en asuntos tan globales como el clima o el diálogo interreligioso.
Un legado en marcha
Entonces, claro, la cuestión de la sucesión siempre acaba por surgir, es el sino de todas las familias reinantes. Los gemelos, Jacques y Gabriella, crecen alejados de los focos, bajo la atenta mirada de sus padres. Pero no nos equivoquemos: el reinado de Alberto II, por su parte, está lejos de estar en sus últimos capítulos. Con esta visita papal, ha marcado un hito diplomático poco común. Ha demostrado que detrás del príncipe de los podios y los rallies, hay un estadista que maneja con destreza la única arma que la geografía le ha dejado: el arte de la relación.
Y para nosotros, aquí, en Francia, que a menudo miramos a Mónaco con una mezcla de fascinación y condescendencia, este fin de semana habrá tenido el mérito de recordarnos una cosa: el Peñón es un poco un compendio de lo más complejo que tiene Europa. Una historia milenaria, una riqueza insolente y, paradójicamente, un príncipe que trabaja en la sombra, sin hacer ruido, para que todo esto se mantenga en pie. Alberto II, ese príncipe desconocido, nos ha ofrecido, sin pretenderlo, una gran lección de soberanía.