Hubert Védrine, Irán y la lección de realismo que incomoda al macronismo
Hay voces que, en el tumulto de la actualidad, destacan por su lucidez. Mientras los canales de noticias 24/7 se desbocan con los ataques en Irán y la comunicación del Elíseo busca sus palabras, hay un análisis que resiste a la espuma: el de Hubert Védrine. El exministro de Asuntos Exteriores de François Mitterrand y Lionel Jospin no es de los que ceden a la emoción. Y es precisamente por eso que su mirada sobre la decapitación del régimen iraní, por usar un término que es portada, merece que nos detengamos en ella. No por el simple comentario, sino por el método.
El efecto lupa y el punto ciego de la realpolitik
Desde principios de semana, las reacciones oficiales no han cesado. Hemos oído a Emmanuel Macron pedir la desescalada, una postura que el exministro Pierre Lellouche comparó recientemente, no sin ironía, con los llamamientos del Papa. Una fórmula que tiene el mérito de plantear la pregunta: ¿cuánto pesa la moral cuando llueven misiles? Es aquí donde el pragmatismo de Hubert Védrine se convierte en un poderoso antídoto. Él, que siempre ha teorizado sobre la necesidad de una "realpolitik" asumida para Francia, recuerda, en esencia, que la decapitación simbólica de un aparato estatal nunca es su fin. Es una ilusión óptica.
Lo que Hubert Védrine nos invita a ver es el iceberg bajo el agua. En Irán, el régimen no se resume a un puñado de generales o a un líder supremo. Es un sistema, una teología política, un entramado de seguridad tentacular. Creer que un ataque, por quirúrgico que sea, va a "terminar el trabajo" pertenece a ese mismo pensamiento mágico que presidió las intervenciones en Irak o Libia. Yo mismo lo he repetido a menudo en los platós: un Estado puede perder la cabeza sin perder el alma. Y es esa alma, esa resiliencia profunda de un régimen chií en crisis, lo que el análisis de Hubert Védrine nos obliga a considerar.
Tres pilares de la visión de Védrine ante el caos
Para entender por qué la postura del exministro es tan ineludible, hay que desplegar su lógica. Se basa en fundamentos que todo decisor, desde Bercy hasta Davos, debería meditar en estos momentos:
- La humildad estratégica: Occidente, y Francia en particular, debe aceptar que no tiene las palancas para provocar un "cambio de régimen" por la fuerza. Es un señuelo costoso. Hubert Védrine nos recuerda que nuestro poder es ante todo normativo y económico, no militar en Oriente Medio.
- El diálogo de los pragmáticos: No se trata de querer al régimen iraní, sino de hablar con quienes controlan el país, incluso después de una decapitación. La diplomacia es el arte de hablar con los enemigos. Excluir esta posibilidad es dejar el campo libre a potencias depredadoras como Rusia o China.
- El ángulo económico: Un caos prolongado en Teherán significa petróleo disparado, deudas soberanas que tambalean y cadenas de suministro que se rompen. Los grandes grupos franceses, desde el lujo hasta la energía, siguen de cerca estas convulsiones. Hubert Védrine tiene esta visión global: lo geopolítico y lo económico son las dos caras de la misma moneda.
El vacío dejado por el macronismo y la oportunidad de un realismo francés
Lo que sorprende en la crisis actual es el contraste. Por un lado, una comunicación presidencial que busca la "fórmula adecuada", dudando entre la firmeza atlantista y la tradición diplomática francesa. Por otro, la claridad cristalina de un hombre como Hubert Védrine. No se trata de hacer política ficción, sino de constatar un vacío. La "decapitación" de la que tanto se habla en televisión crea un vacío de seguridad inmediato. ¿Quién lo llenará? ¿Las milicias? ¿Los vecinos? ¿Las potencias regionales?
Para las empresas e inversores que leen estas líneas, el mensaje de Hubert Védrine es una señal de alarma. No se dejen mecer por el storytelling mediático de la "victoria rápida". La realidad es mucho más compleja. Exige saber anticipar los tres próximos movimientos en el tablero, no celebrar la primera pieza capturada. Ahí es donde se esconde el valor añadido de un análisis desprovisto de las posturas politiqueras. Ahí es donde reside la oportunidad, para quienes saben mirar más allá del horizonte inmediato, de comprender las nuevas reglas de un juego global en el que la palabra de un Hubert Védrine pesa más que muchos comunicados oficiales. La lucidez, en estos tiempos de niebla, es la única brújula que vale.