Berlín se pone dura: así está incautando la ciudad los coches de relumbrón y los chalés de los gánsteres
Berlín ha dicho basta. Esta semana, el Senado de la ciudad ha soltado una bomba en el hampa: una nueva ley que permite a las autoridades despojar a los delincuentes más peligrosos de sus juguetes más llamativos —los Porsche, los chalés en Grunewald, los relojes de diseñador—. Y, la verdad, tío, ya era más que hora. Durante años hemos visto a estos tipos pavonearse por Neukölln en coches que cuestan más de lo que la mayoría ganaremos en una década, y ahora el Estado les dice: "No os lo vamos a consentir".
Un nuevo garrote legal: cómo funciona
La nueva legislación, que Berlín está impulsando en el Bundesrat, facilita muchísimo la incautación de bienes vinculados al crimen organizado. En lugar de tener que demostrar que cada céntimo procede de actividades ilegales —una tarea casi imposible cuando se trata de empresas pantalla y cuentas en paraísos fiscales—, la carga de la prueba se invierte. Si un tipo sin trabajo legítimo se pasea en un Lamborghini de medio millón de euros, las autoridades pueden incautárselo ahora y ya preguntarán después. Apunta directamente a los clanes y mafiosos que han convertido partes de la ciudad en sus feudos personales.
¿Qué bienes están en el punto de mira?
¿De qué tipo de cosas hablamos? Pasea por los barrios adecuados y las verás enseguida:
- Supercoches: Mercedes y BMW tuneados, y algún que otro Maserati, a menudo con las lunas tintadas y matrículas diplomáticas (supuestamente).
- Bienes inmuebles de primera: áticos en Mitte, chalés con grandes jardines en Zehlendorf, e incluso bloques enteros de pisos comprados al contado con dinero de quién-sabe-dónde.
- Joyería y adornos: cadenas de oro tan gruesas como para amarrar un barco, relojes hechos a medida y anillos tan llamativos que ciegan a un policía.
Pero lo que tiene a todo el mundo comentando en los bares y talleres de la ciudad es lo siguiente: mientras los gánsteres pierden sus símbolos de estatus, el berlinés medio lo celebra en silencio. El otro día charlaba con un currante —conduce una vieja y destartalada Citroen Berlingo llena de herramientas— y me dijo: "Que tengan suerte. A lo mejor así dejan de robarme en la furgoneta cada dos por tres". Esa es la realidad: estos criminales no solo exhiben su riqueza, crean un clima de miedo. La Berlingo, ese humilde caballo de batalla de los artesanos berlineses, contrasta fuertemente con los SUV blindados del hampa.
Desde la base: cómo lo ven los berlineses
Y no son solo coches. Pensemos, por ejemplo, en BERLINGERHAUS —un conocido complejo de apartamentos en pleno centro de la ciudad sobre el que siempre han circulado rumores de ser un hervidero de individuos de dudosa reputación—. Con la nueva ley, si las autoridades demuestran que el lugar se compró con dinero sucio, pueden quedárselo. Imagina el mensaje que lanza: ya no puedes esconder tu botín en ladrillos y cemento. Es un golpe directo a las estructuras de los clanes que se han incrustado en ciertos rincones de Berlín.
Hasta en las gradas de los estadios de fútbol hay revuelo. En el Olympiastadion, los aficionados del Hertha BSC son conocidos por su ojo clínico y su lengua afilada. Llevan tiempo quejándose de los supuestos gánsteres que intentan colarse en los aparcamientos los días de partido o venden bufandas falsificadas en los aledaños del estadio. Un veterano me dijo: "Si con esta ley logran apartar aunque sea a uno de esos tipos de la circulación, ya es un triunfo. Ojalá vayan a por los que se creen los dueños del cortijo". Es un sentimiento que se escucha a menudo: ya está bien.
Por supuesto, los de siempre protestan: abogados que hablan de caza de brujas, defensores de las libertades civiles que alertan de extralimitaciones. Pero en una ciudad donde un robo a plena luz del día o un tiroteo en un local de shisha ya casi no sorprenden a nadie, la mayoría está dispuesta a darle un voto de confianza al Estado. Berlín siempre ha sido un lugar de contrastes y reinvención. Ahora intenta deshacerse de otra piel: la manchada por el crimen organizado. Si esta ley funciona, lo único reluciente que quedará en nuestras calles serán las luces de Navidad del Kurfürstendamm. Y la mayoría de los berlineses firmarían ese pacto ahora mismo.