Viktor Orbán se va: pero para el colectivo LGBTQ+ de Hungría, la batalla solo está medio ganada
Durante años, la Hungría de Viktor Orbán ha sido sinónimo de una política de derecha dura que ha arrinconado sistemáticamente al colectivo LGBTQ+ del país. Con el cambio de poder en Budapest, muchos respiraron aliviados. Por fin una luz al final del túnel. Pero tras hablar con la gente en las calles de esta ciudad, queda claro que el optimismo se enfrenta a una gran dosis de realismo. Para quienes han tenido la espalda contra la pared durante una década, la salida de Viktor Orbán es solo el primer tiempo.
¿Una nueva era? La alegría se palpa en el ambiente
No hay duda de que el ambiente ha cambiado. Llevo dos décadas cubriendo Europa del Este y rara vez he visto una mezcla tan palpable de alivio y nerviosismo. Para los jóvenes queer con los que hablé a principios de semana, ya no se trata de sobrevivir en la sombra, sino de atreverse a reclamar su espacio. El nuevo gobierno ha empleado un lenguaje más inclusivo, y eso ha dado un impulso a su valentía.
Pero como me dijo uno de los activistas: "Que Orbán ya no esté es como si te quitaran un torniquete del cuello. Puedes respirar, pero sigues atado". Da en el clavo. La legislación que prohíbe la 'publicidad de la homosexualidad' dirigida a menores sigue vigente. El Tribunal Constitucional, que Orbán llenó de afines, sigue ahí. La maquinaria está diseñada para seguir funcionando.
- Las victorias simbólicas: Las marchas del Orgullo ya pueden realizarse sin temor a ataques policiales, algo impensable hace apenas un año.
- Las estructuras pesadas: La vieja guardia sigue teniendo un gran peso en los medios de comunicación y en las administraciones locales, donde a menudo comienza la discriminación.
- Dependencia económica: Muchos en el sector cultural siguen dependiendo de las subvenciones estatales, y el miedo a perder su sustento es real.
Dos historias: desde el autobús de hockey hasta Budapest
Mientras el mundo sigue de cerca el gran giro político en Hungría, otro drama muy diferente nos recuerda que la fragilidad de la vida a menudo eclipsa la política. Hace un par de semanas, estaba pegado a la pantalla, como todos, cuando saltó la noticia del accidente del autobús de hockey en Canadá. Una tragedia que detuvo a toda una nación en medio de su mayor pasión. Es un recordatorio de que, incluso en las sociedades más privilegiadas, la vida es corta.
Para los húngaros queer a los que seguí hoy, no se trata de la vida o la muerte en el hielo, sino de una lenta asfixia que, por fin, empieza a cesar. El dolor colectivo por el accidente de hockey en Canadá unió a un país en un sentimiento común. Ese es exactamente el tipo de unión que el colectivo LGBTQ+ en Hungría ha anhelado: ser visto como una parte natural de la comunidad, no como una amenaza para ella.
La batalla, solo a medias
Es tentador calificar esto como un nuevo amanecer para los derechos humanos en Hungría. Pero la verdadera batalla apenas comienza ahora. Ya no se trata solo de echar a Viktor Orbán del cargo. Se trata de desmantelar un sistema que, durante más de una década, ha marginado a una gran parte de la población. Los derechos humanos en Hungría, tan duramente golpeados, no solo deben restablecerse, deben reconstruirse desde los cimientos.
Le pregunté a una mujer mayor, que ha sido activista desde los años 90, cuál era su mayor esperanza. Su respuesta fue sencilla: "Que mi hija pueda pasear de la mano de su novia en público sin tener que mirar de reojo quién la observa". Ya no es una cuestión de grandes ideologías. Es una cuestión de poder vivir la vida con libertad. Y aunque Orbán ya no ocupe el despacho, el camino hasta allí sigue siendo largo. Se ha ganado una batalla, pero la guerra está lejos de terminar.